20/Julio/2026

 

Regreso de una utópica Brugada-Avila
 

Destape: En una muestra reciente de esta coreografía de poder e intenciones se escenificó de forma impecable durante la pomposa presentación de la Utopía Acatitla. En el centro del escenario, compartiendo reflectores y sonrisas ensayadas con la Jefa de Gobierno, se encontraba Martha Ávila. Su presencia allí no fue un accidente de agenda ni una cortesía protocolaria, sino un mensaje cifrado, un destape sutil pero contundente de cara a la candidatura por Iztapalapa en 2027. En la liturgia del partido oficial, el acompañamiento en las obras emblemáticas equivale al ungimiento implícito. Al colocarla en la primera línea de uno de los proyectos que definen la narrativa oficial del bienestar social, el aparato gubernamental envió una señal inequívoca a propios y extraños: la sucesión local ya tiene rostro y el camino se está pavimentando desde ahora, utilizando la infraestructura pública como la mejor vitrina de promoción personal. Este juego de tronos local adquiere sentido cuando se analiza el verdadero valor que tiene la demarcación para el oficialismo. Históricamente, Iztapalapa opera como la gran caja chica de votos, un inagotable yacimiento electoral del que primero se benefició el Partido de la Revolución Democrática y que hoy nutre con absoluta generosidad a Morena. Es el territorio del clientelismo sofisticado, donde el apoyo popular y la estructura partidista se confunden en una masa homogénea. Durante décadas, los problemas crónicos de desabasto de agua, inseguridad y carencias urbanas fueron, paradójicamente, el combustible que alimentó las maquinarias de movilización. Lo que antes operaba bajo el sol azteca con brigadas y despensas, hoy se sofisticó bajo la bandera guinda mediante programas sociales y utopías, demostrando que cambian las siglas y los colores, pero el método para asegurar la lealtad de las masas desfavorecidas sigue intacto.       

Ahora es Ávila: La historia de la ciudad no se puede explicar sin los golpes de timón que este bastión ha propinado en momentos definitorios. Corría el año 2000 cuando la capital del país vivió una de sus jornadas electorales más dramáticas y cerradas. El entonces candidato del Partido Acción Nacional, Santiago Creel, avanzaba con paso firme impulsado por la ola del cambio que arrastraba Vicente Fox a nivel federal, amenazando con arrebatarle la joya de la corona a la izquierda. Fue precisamente el desborde de votos en las urnas de Iztapalapa lo que terminó por salvar la jornada y rescatar a Andrés Manuel López Obrador, permitiéndole alcanzar la Jefatura de Gobierno por un margen estrechísimo. Aquella lección quedó grabada a fuego en el manual de estrategia de la izquierda: sin el oriente, el colapso es inminente.

Llamado: Veinticuatro años después, la historia se repitió con una fidelidad matemática que asusta a los estrategas de la oposición. En las elecciones de 2024, la alianza opositora creyó ver una oportunidad real de alternancia con Santiago Taboada, quien logró capitalizar el descontento de las clases medias y ganar terreno en las alcaldías del poniente y del centro de la Ciudad de México. El ambiente de competencia era real y la moneda estaba en el aire en los cuartos de guerra de ambos bandos. Sin embargo, cuando las actas de Iztapalapa comenzaron a contabilizarse, la ilusión de la oposición se desmoronó por completo. La marea humana del oriente acudió al llamado y sepultó cualquier posibilidad de sorpresa, dándole a Clara Brugada el impulso definitivo para asegurar su triunfo. Iztapalapa demostró una vez más que, sin importar qué tan fuerte sople el viento del cambio en otras partes de la capital, su peso demográfico tiene la última y definitiva palabra.


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